Painting/Pintura

There are painters who spend their lives looking at the ground, and others scrutinizing the horizon. This is how Elie Faure once perceived it when analysing the works of Courbet and Puvis de Chavannes. Muddy painter the first, ethereal the second. The weight of the colours of the clay of the first retains the escape of the subtle flight of the second. Just as a child holds the helium balloon so that it does not escape. Landscape is a concept that helps me think about this. It helps me look like the bird and crawl like the reptile. To tighten the colour until that moment when it can no longer rise and the rope pulls down. To say that painting a picture is for me a process of accumulation, is to try to be aware of how far you can go by saying that. To know how far one can go with that of colour; with the gesture. How far can the painting become body?

Landscape is a concept that I use to think about painting. I am interested in it as an event (as something capable of happening). I do not seek to fit into a definition of the term, but to locate possible positions in it. Landscape interests me as a space of temporality; as a kind of situation. For me the landscape never becomes a theme, but a motive, something that acts. Precisely, painting fits into all this because it is also itself, an agent; I do not use it as a representational or expressive tool, but as an entity presented from the significant potentiality of its gesture. I do not pretend to define what painting is. What I chase is its action. The observation of the landscape helps me to reflect on the physical dimension of painting and its cumulative doing, allowing me to immerse myself in the gesture and in its encounter with the support. I try to make both of them become the same thing. I am interested in the ability to appear (sprout) that painting has, not as a mere representation of something, but as that something itself.


Hay pintores que se pasan la vida mirando al suelo, y otros  escrutando el horizonte. Así lo percibió una vez Elie Faure analizando las obras de Courbet y Puvis de Chavannes. Pintor enfangado el primero, etéreo el segundo. El peso de los colores del barro del primero, retiene la fuga del sutil vuelo del segundo. Tal y como un niño sostiene el globo de helio para que no se le escape. El paisaje es un concepto que me ayuda a pensar en esto. Me ayuda a mirar como el pájaro y a arrastrarme como el reptil. A tensar el color hasta ese momento en que ya no puede subir más y la cuerda tira hacia abajo. Decir que pintar un cuadro es para mí un proceso de acumulación, es tratar de ser consciente de hasta dónde puedes llegar al decir eso.  Saber hasta dónde puede ir una, con eso del color. Hasta dónde, con eso del gesto. Hasta dónde puede hacerse cuerpo la pintura.

El paisaje es un concepto al que acudo para pensar en pintura. Me interesa como suceso (como algo capaz de acontecer). No busco encajar en una definición del término, sino localizar posibles posicio­namientos en el mismo. El paisaje me interesa como espacio de temporalidad. Como situación. Para mí el paisaje no llega nunca a ser un tema, sino un motivo, algo que actúa. Precisamente, la pintura encaja en todo esto por ser también ella misma, agente; no la uso como herramienta representacional ni expresiva, sino como entidad presentada desde la potencialidad significativa de su gesto. Al igual que con el paisaje, no busco decirla. Lo que persigo es su acción. A veces, me sitúo (y me sitúa) en un lugar también. La observación del paisaje me ayuda a reflexionar sobre la dimensión física de la pintura y su ha­cer acumulativo, permitiéndome una inmersión en el gesto y en el encuentro de este con el soporte. Trato de que ambos se conviertan en una misma cosa. Me interesa la capacidad de aparecer (brotar) que tiene la pintura, no como una mera representación de algo, sino como ese algo en sí.