Sacar la lengua

Sacar la lengua
2003-2004

“Ocurrió la segunda noche, en plena tormenta. Yo estaba recostado a su lado, intentando alcanzar su postura. Era difícil si tenemos en cuenta que el barco se inclinaba histérico como un columpio. Como estábamos tumbados debajo de los asientos del salón, podía sujetarme a las patas para no resbalar hasta el otro extremo de la estancia. Esto hubiera sido una delicia para su orgullo. No podía permitirlo, y en mi afán por impedir que se riese de mí, o quizás por sentirme tan ridículo en aquella situación, le saqué la lengua (…)
Según avanzaban las horas, el barco se balanceaba cada vez con más violencia y en la desesperación por aferrarme al sillón el acto de burla se volvió desesperado. Sin embargo ELLA estaba allí, a mi lado, sin poder sujetarse a nada, pero totalmente quieta. Serena (…)
La tercera noche debajo de los sillones comenzó a organizarse. Se estaba estructurando, delimitaba con precisión su cuerpo de color y yo pude verlo con claridad: primero apareció una boca, con sus labios, las comisuras… Era extraño, como si algo se hubiera adueñado de ELLA.
Acto seguido me sacó la lengua. Un impulso me hizo contestarle, volviéndole a sacar la lengua como la pasada noche. Luego lo repitió ELLA, luego yo, otra vez ELLA, y así durante el resto de la última noche de la travesía.”

Tres noches en el Mar de Cortés. Relatos del Golfo de California.

 

Sacar la lengua reúne obras procedentes de la exageración y la artificialidad del recuerdo. Una necesidad escenográfica que descubro en mi pintura, para reflexionar sobre el encierro de la memoria.
Cada imagen de un recuerdo parece encajonada en un espacio elaborado a modo de pequeño recinto teatral. Los moradores irrumpen sutilmente en la quietud de la escena. El intruso es apenas perceptible y va transformando poco a poco lo ocurrido. Es la presencia del alma desaparecida que acecha sin ser vista pero sí intuida. Vaga por la estrechez de un camino, en donde los conceptos de presencia y ausencia se funden en un “estar ahí” ajeno a la materia física que define al resto de los componentes del espacio habitable.
Si tuviéramos que situarnos en un momento concreto de la representación, elegiríamos sin duda el entreacto, ese lapso de tiempo en donde se genera la tensión procedente de los elementos a punto de aparecer y en donde podemos saborear el regusto romántico de algo que acaba de huir o que intuimos tras un visillo. Es en este espacio donde se paraliza el movimiento, permitiendo seguir con la mirada el recorrido de las masas. El único lugar en donde el intruso puede tejer nuestro recuerdo.
Podríamos decir que estas pinturas nacieron de una necesidad encontrada en el Mar de Cortés, el único mar, a mi parecer, que puede llegar a ofrecer la quietud del entreacto.

 

 

 

 

 

 

 

 

Los alientos de Sonora
Oil on canvas. 200×200 cm.
2003